martes, 22 de octubre de 2013

Los emprendedores cambiamos el mundo

No hace falta ser un hippie trasnochado para intentar cambiar el mundo. Muchas veces las viejas glorias nos dicen que el mundo no se puede cambiar, que tenemos que aceptarlo tal y como es, adaptándonos sin más y minimizando el daño que nos puedan producir. Muchos lo han intentado y se han quedado por el camino. ¿Cómo vamos nosotros a cambiar algo que gente mucho más válida y poderosa que nosotros han intentado sin conseguirlo?

Bueno, mi opinión obviamente es ligeramente distinta. Haciendo honor al nombre de este movimiento, Open your mind (abre tu mente), me gustaría plantear esta realidad interpretada de otra manera.

Podemos comprobar en nuestro día a día que el mundo está en una constante transformación y sin embargo decimos (o nos dicen) que no podemos cambiarlo. Esto recuerda en cierto modo a la contradicción del movimiento que se encontró Parménides de Elea, cuando allá por el siglo VI antes de Cristo se convirtió, a los ojos de muchos expertos actuales, en el padre de la filosofía.



Parémonos a observar un poco, ¿es el mundo estático o dinámico?. Si el té que me acompaña durante esta reflexión fuese estático y no pudiese cambiar de forma, tamaño, color, densidad o temperatura, simplemente permanecería desde el principio de los tiempos (si es que tienen un principio) y permanecerá hasta el final de los tiempos (si es que tienen un final) sin que pueda beberlo. Pero no es así. Si lo dejo enfriar puedo beberlo, y mi cuerpo, como por arte de magia absorberá una parte y desechará otra. Es, por tanto, ligeramente estable, o dicho de manera más precisa: cambia poco a poco. Es cierto, pero cambia.

No hay nada a nuestro alrededor que haya existido siempre y que vaya a existir para siempre sin haber cambiado en algún momento. Lo que tenemos, por tanto, es una aparente estabilidad permeada por un cambio feroz y constante que, al igual que ocurre con la hierba al crecer, no percibimos salvo cuando dejamos pasar un tiempo prudencial.

Es fundamental que compartamos esta visión, heredada sin duda de Heráclito, de que todo está cambiando constantemente. Y los seres humanos somos fenómenos bastante activos dentro de este maremágnum dinámico. Estamos constantemente influyendo en nuestro entorno, y de esta manera la hipótesis de que no podemos cambiar el mundo no se sostiene, porque somos cambio constante.

Hay un chiste de gremio entre físicos cuánticos que viene a ser algo como “no mires mi experimento que puedes alterar el resultado”. Aunque parezca exagerado, es así. En mi trabajo, en el que ayudo a personas a descubrir hacia dónde continuar, hacia dónde ir, veo esto constantemente. Me gusta trabajar de la forma menos invasiva posible, influenciado por las teorías de Rogers y la praxis de Sir John Whitmore y Timothy Gallwey, pero es inevitable que un sólo microgesto, una mirada, un pestañeo haga que mi cliente reciba una información que condicione su forma de pensar, de hablar y de actuar. El mero hecho de tenerme delante, sentado, le está condicionando.



Estamos, por tanto, influenciando todo lo que nos rodea, y podemos decir sin miedo a que nos tachen de idealistas locos que podemos cambiar el mundo, o mejor dicho, que somos parte del cambio constante en el que vivimos. La ciencia se plantea ideas similares desde hace tiempo. Un famoso estudio hecho por el médico de la Harvard Medical School Nicholas Christakis y James H. Fowler, profesor de ciencias políticas de la University of California, San Diego, plantea la idea de que felicidad puede ser contagiosa, y de que gente que ni siquiera conocemos acaba teniendo un impacto en nuestro estado emocional. Nosotros, por tanto, estamos teniendo un impacto incluso en gente que no conocemos.

Lo que sí depende de nosotros es cuánto queremos impactar en el mundo que nos rodea, y éste es el punto desde donde muchos de nosotros hemos decido emprender. Queremos ayudar al resto sin morir en el camino.

Las ventajas de pensar así son infinitas, pero sin duda una muy importante es que anima más que pensar en erradicar de golpe nosotros solos las armas en EEUU, evitar más atentados de extremistas religiosos, acabar con el hambre en el mundo, o cualquier otra gran y aparentemente inalcanzable causa. Nuestra meta puede ser cualquiera de ésas, desde luego. Creo firmemente que el idealismo es la sal de la vida, lo que nos mantiene despiertos y una gran fuente de sentido que, tal y como decía el doctor Viktor Frankl, nos permite vivir con más ahínco. Pero podemos ser idealistas y pragmáticos al mismo tiempo, ¡rompamos con la tiranía del maniqueísmo que limita nuestra actividad! ¡Tengamos unos sueños elevados y unas metas específicas, medibles, prácticas y realistas, que podamos cumplir aquí y ahora, sin procrastinar y hundirnos en el tedio frustrante que produce la impotencia!

No suelo citar a terroristas en mis escritos, pero leyendo unos textos en la universidad me quedé sorprendido por la reflexión que Ted Kaczynski, más conocido como Unabomber, hacía en su manifiesto primitivista titulado La sociedad industrial y su futuro. Decía que hay tres tipos de necesidades, las que son imposibles de satisfacer, las que requieren cierto esfuerzo satisfacerlas y las que se satisfacen casi instantáneamente. Una de las causas de malestar de la sociedad actual, según Unabomber, es que nuestras necesidades se están polarizando a los dos niveles extremos, siendo o muy fácil o muy difícil satisfacerlas. Esta misma reflexión se puede aplicar a nuestras metas a la hora de tener un mayor impacto en el cambio del mundo. ¿Qué es por tanto lo que podemos hacer?



Veamos con cuántas personas nos relacionamos día a día. Pensemos en todas las llamadas, mails, entrevistas, reuniones, compras, ventas que hacemos al día. Todas estas acciones implican tratar con personas. ¿Cuál es la huella que dejamos en esas personas diariamente? ¿Cuántas veces decimos gracias, por favor, que tengas un buen día o similar? Alicia Aradilla, una empresaria valenciana se refería hace poco en un congreso a esas frases como las “fuentes inagotables” que podemos utilizar constantemente porque como su buen nombre indica, no se agotan. Tratemos a las personas como personas y estaremos cambiando el mundo. Ya sé que suena a perogrullada, pero podéis comprobar el cambio que esto produce en vuestras vidas. No hace falta ponerse místicos y hablar de leyes cósmicas de atracción de prosperidad en las que el universo y las estrellas te devuelven lo que les das. Seamos pragmáticos y entendamos que a todo el mundo le gusta que lo traten bien, y cuando lo hacemos tenemos más papeletas de que ellos nos traten bien a nosotros también. ¡Es una mera cuestión estadística!

Para ello tenemos que tener el suficiente espacio con nuestros propios problemas, así que el cambio, como siempre, empieza con nosotros. Estamos metidos en un círculo como un hámster en una jaula, y no podemos esperar que alguien venga a salvarnos; somos nosotros los que nos tenemos que apear, los que, una vez que sabemos cómo funciona el mundo que nos rodea, tenemos que tomar responsabilidad de hacerlo. Hay cientos de métodos orientales y occidentales que nos permiten pensar con más claridad y actuar de forma menos dañina para nosotros y los que nos rodean, pero una vez más depende de nosotros que queramos ponerlos en marcha. Ésta es la clave para cambiar el mundo, que nosotros seamos cada vez más conscientes de cómo funcionan nuestros mundos, externo e interno, y los de los demás, y que tratemos de aportar valor a cada persona. Sir John Whitmore me propuso un ejercicio durante un relajado paseo cerca de su casa en el sureste de Inglaterra. Me dijo “yo intento tratar a quienes están deshumanizados por su trabajo como personas. Por ejemplo, cuando entro en el supermercado intento decirles a las cajeras lo bien que les queda el peinado, o que me gusta su nombre. Lo que sea que esté relacionado con su ser y las haga sentirse seres humanos también en su puesto de trabajo”. Un pequeño gesto como este puede tener un impacto muy fuerte en las personas que nos rodean.

“Una sola persona puede crear el caos” dijo Marisabel Kelly, negociadora de la policía del estado de Florida, EEUU, al referirse a un secuestrador que había asesinado a varias personas en una persecución antes de suicidarse, sembrando el pánico durante horas. Una persona puede hacer mucho, para bien o para mal. Podemos decidir cuál es el impacto que vamos a dejar en nuestro entorno, ¿y por qué? Porque nosotros somos esa persona.



Daniel Vázquez
Socio Fundador de www.ConCedeCambio.com

5 comentarios:

  1. ¡Buen artículo! y muy currado....pero por cuestionarlo todo creo q no se trata de ser más valido, sino del momento y del lugar adecuado. .....si queremos cambiar algo, creo q primero debemos cambiar nosotros y luego estar alerta para q cuando llegue el momento, no haya reparos, no haya desconfianza y podamos unir nuestras fuerzas. Por último... una sola persona puede crear el caos, pero "quizas" por si solo, no puede cambiar el mundo, porque hemos de haber aprendido que EL MUNDO SE CAMBIA ENTRE TODOS. Un nuevo movimiento económico está surgiendo y este es de lo más revolucionario: LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN.....Y HAY QUE SER UN VERDADERO HIPPI -"DIURNO Y NOCTURNO"- PARA ENTENDERLO. + info: http://www.cma.gva.es/comunes_asp/documentos/agenda/Cas/72319-Economia_del_bien_comun_Felber.pdf

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  2. ¡Muchas gracias por tu comentario, Carlos! ¡Voy a leer eso que comentas! ¡Un saludo!

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  3. Enhorabuena Daniel, ¡Claro que sí!... Sería una locura desesperarse porque la hierba no cambia cuando estás un minuto mirándola! pero está ahí... está cambiando. A veces es verdaderamente complicado, es más, "verdaderamente complicado" si queremos ver crecer la hierba en lo que dura un minuto. Este artículo me ha hecho reflexionar sobre la desesperación que prodece buscar el cambio y no conseguir verlo, ya sea en uno mismo, en el entorno, o en la relación del entorno con uno mismo. Pero está ahí, e igual que lo apreciamos si echamos la vista atrás, me resulta muy satisfactorio saber que dentro de un tiempo alguien lo apreciará también. Siguiendo el hilo de tu artículo, e igual que withmore, pienso que el cambio en nuestras relaciones puede tener un efecto potentísimo, ya sea como Rogers y la "relación de ayuda" basada en la comprensión y el respeto por la persona o como ese que cantaba "yo soy humanitario". El humanísmo es el caldo de ese cambio, y las personas el ingrediente principal. Así que... ¡hagamos posible el cambio!

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  4. Maravilloso artículo Daniel, mi más sincera enhorabuena... un punto más para transformar este planeta en un mundo más "humano". Tu escrito me evoca el dicho judio de; "Si quieres cambiar el mundo, cambiate a tí mismo". Pues con tu artículo has influenciado, felizmente, a que me mejore mi mismo. Un placer Daniel, y a tu disposición.

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